Manos congeladas que se desmoronan cuando van a abrazarse. Que llenan la habitación de escarcha. El aire se satura de frío, y un millón de carámbanos de hielo palpitan por la sala, llenándola de una niebla limpia y translúcida. La luz parece separarse en siete colores, para después morir, quemada por un flash destelleante que inunda de ceguera unos ojos negros y vacíos.
Después del primero, toda una ráfaga se desata, y se me llena la cabeza de chasquidos y explosiones. Las pulsaciones se aceleran, mis músculos se tensan, unos leves temblores se apoderan de mis extremidades. Y sin embargo, mi mirada sigue perdida en aquella nube de hielo.
En aquellas paredes desgastadas y carcomidas por la humedad. En esas manos que se han despedazado antes de encontrarse. Que se han dispersado en la noche ámbar de las calles de la ciudad.
Ni el local más recóndito y enmohecido de toda esta metrópolis afilada pudo escondernos de nosotros mismos. Ojalá hubiéramos corrido más fuerte.