Salta por los tejados que rasgan el cielo y abre los barrotes de la noche. Una espiral de estrellas y humo le escuece en los ojos, le golpea en el estómago, le corta la respiración. Los planetas se alinean frente a sus ojos, para después desvanecerse en un chisporroteo azul grisáceo. Huele a salitre, a sudor y a hierba recién cortada. Nunca el dolor había sido tan indoloro, ni la sangre tan densa. Un fulgor rojo rompe el cielo, provocando una catarata de cristales. La luz, siempre trae consigo las sombras.
Resaca.
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