El miedo a que los rostros que una vez fueron claros,
nítidos como la luz anaranjada
cuando deja de llover al atardecer,
se vuelvan borrones,
desvaneciéndose en el aguamarina de oníricos pantanos.
Pasar de poder tocar con tus propias manos,
a ya no ver más que una sombra
de lo que fuiste,
de lo que has perdido
y de todo lo que te queda por perder,
cuando te da por sentir
que no queda nada que ganar.
Arrebatos de sinceridad que se ahogan
a punto de salir por la garganta.
Que convierten una canción,
en una arcada,
en una mueca repugnante.
Derrames cardíacos
de las manos que ya no se tocan,
amputadas,
bajo el rocío de la mañana.
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