Nunca había visto el cielo de aquella forma. El color
ámbar del amanecer nunca le pareció tan implacable. La atmósfera parecía
derramarse, cayendo por todos los edificios de la ciudad. Aquella mañana daba
la sensación de que todos hubieran crecido, y ahora herían la bóveda celeste.
En ella, la Luna aún podía vislumbrarse, único testigo de lo que realmente
ocurrió aquella madrugada. Único superviviente ileso. Completamente redonda, de
un blanco azulado, haciendo guardia incansablemente en la metrópolis apagada.
Hay quienes se atreven a decir que aquella noche se quedó inmóvil durante un
par de horas, deteniéndose en su órbita a medio completar. Al menos durante el
breve período de tiempo en el que la gente se atrevió a hablar de aquel
noviembre púrpura.
Seguramente, en un mes, pocos recordarían que el
número 7 de la calle Prinsessegade había llegado a existir. Pocos serían
capaces de nombrar la clase de acontecimientos que allí tuvieron lugar.
Lo habían dado todo por vivir, y no les quedó vida
cuando quisieron darse cuenta de que el mundo se extendía más allá de aquella
puerta azul astillada.
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