Y cuando me doy cuenta, no hay más que otoño. En el cielo, en las calles. En los ojos de la gente, que tiemblan siguiendo el paisaje a través de la ventanilla del tren. Seísmos oculares.
Y cuando nos damos cuenta, el pasado cruza el umbral de la puerta. Lo vemos venir, inmóviles. Al principio se camufla como una serie de sucesos aleatorios e inconexos. O al menos, eso queremos creer. La calma se acumula, demasiado densa. Y finalmente, se alza ante nosotros. Majestuoso, aterrador, como todos esos monstruos de piedra que de pequeños absorbían nuestra imaginación.
Tratamos de darle la espalda, dándonos de la mano.
Para el momento en que empezamos a correr, ya nos han alcanzado los proyectiles.
De nuevo despertamos, solos.
De nuevo nos preguntamos adónde ir.
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